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“¡No tengáis miedo!”

De un tiempo a esta parte, crece exponencialmente el número de personas que me comentan, aterradas, algunos mensajes apocalípticos que circulan cada vez con más frecuencia por Internet y las redes sociales. Y yo les repito lo que decía San Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo! ¡Confiad en el Señor!”. Miedo sólo a pecar, y no a reunirse con Jesús.

Algunas de estas personas ya se han mudado incluso con sus familias enteras de ciudad o de país, o piensan hacerlo, ante el pavor que suscitan esas predicciones. Creen a pies juntillas en que las aguas de los océanos invadirán de forma inminente los lugares donde ahora moran. Viven como si mañana mismo se acabase el mundo. Y esa enorme falta de paz les distrae en su relación cotidiana con Dios.

Es evidente que sólo Él sabe el día y la hora. El mismo Jesucristo nos lo dice en el Evangelio. Nadie más. Ni tan siquiera los ángeles o los santos. ¿Acaso entonces alguna criatura mortal está en condiciones de vaticinar el tiempo exacto en que sucederá una catástrofe semejante?

Es obvio que lo escrito, escrito está, y que acabará cumpliéndose. Pero las interpretaciones personales de las Sagradas Escrituras, en conjunción con las revelaciones marianas, son muy arriesgadas. Máxime si se facilitan incluso fechas. Además, jamás debemos perder de vista que todo lo que nos quita la paz no proviene de Dios.

El Señor no quiere que vivamos desasosegados sino llenos de confianza en su Infinita Misericordia. Lo relevante no son las calamidades que sucederán si Dios no las remedia, sino el mensaje de la Santísima Virgen: “Hay que hacer muchos sacrificios y mucha penitencia y tenemos que visitar mucho al Santísimo. Pero antes tenemos que ser muy buenos…”.

Sor Lucía, la vidente de Fátima, envió este mensaje en agosto de 1961 al padre Agustín Fuentes, postulador del proceso de beatificación de Francisco y Jacinta:
“Padre, diga a todos que Nuestra Señora me lo dijo muchas veces: ‘Muchas naciones desaparecerán de la faz de la Tierra…’. Pero eso puede paliarse o posponerse “por medio de la oración y los sacramentos”, añadía la hermana Lucía.

Eso es lo trascendente: estar en gracia de Dios. Confesión y Comunión frecuentes, rezo del Santo Rosario, oración personal con el Señor, práctica de la Caridad con el prójimo, apostolado… Y todo ello en medio de una inmensa paz. La paz de quien confía plenamente en el Señor y no teme a nada estando junto a Él.

Os invito a vivir así el día a día sin preocuparse tanto del mañana, sino de mantener hoy y siempre nuestras lámparas encendidas. Confiemos en la Divina Providencia para poder caminar sobre las aguas, sin miedo. Paz y Bien.

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